Subes de peso y no entiendes el por qué? Este artículo es para ti

Cuál es la pregunta que las personas que sufrimos sobrepeso nos hacemos a diario? Pues definitivamente es esta: Por qué engordo tanto si casi no como?

 

Es increible ver como la obesidad se ha convertido en una epidemia. Como he dicho en varias ocasiones, tratar de encontrar una única respuesta a cualquier pregunta es sinónimo de fracaso. La vida es mucho más compleja -que no complicada- de lo que algunos pretenden convencernos y la causa de un desequilibrio o conflicto no suele ser única. El origen es multifactorial. En este sentido la genética se merece una atención especial, ya que se ha convertido en la primera gran excusa de todos aquellos que se rinden ante su pseudo-tendencia a engordar por medio de creencias y afirmaciones del tipo “Tengo presdisposición a engordarme”, “Mi abuelo y mi padre son obesos; yo también” o “Coma lo que coma, engordo”.

 

Mientras los expertos en genómica siguen tratando de encontrar el gen que nos predispone a engordar -como si existiera uno-, el Dr. Bruce Lipton, uno de los especialistas en epigenética más importantes de la actualidad, remarca en su libro La biología de la creencia que sólo el 2% de las enfermedades que padecemos tienen una causa fundamentalmente genética y que, más allá de nuestra predisposición genética, lo que debería preocuparnos más es qué hacemos nosotros con nuestros genes, cómo los activamos o desactivamos, cómo expresamos nuestra genética en relación al medio ambiente, conformado no sólo por el mundo que nos rodea, sino también por nuestros hábitos diarios -hace un tiempo profundicé algo más sobre este tema en Eres lo que quieres ser-.

 

Además, si somos lo que heredamos, ¿por qué no somos como aquel hombre de las cavernas que medía 180cm, pesaba 85kg de puro músculo, prácticamente no acumulaba grasa corporal y vivía sano hasta los 60 años? Una vez más, insisto: uno no nace; se hace. Nuestro día a día influye directamente sobre nuestro ADN y los sistemas nervioso y endocrino, los verdaderos gerentes de nuestro cuerpo, por lo que nuestra salud y enfermedad dependen más de cómo vivimos que de cómo vinimos a este mundo.

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Teniendo en cuenta todo lo dicho anteriormente y desde una perspectiva holística, aquí comparto las que considero las 5 causas principales del sobrepeso que padecemos:

 

1. Comemos sin tener “hambre real” y más de la cuenta

 

Desarrollé más este aspecto hace unos días en el artículo Comer sin hambre, el círculo vicioso que te hace engordar y enfermar.

 

El hambre es el principal regulador de nuestro apetito y de la necesidad real de ingerir energía. Nuestros hábitos racionales -horarios y miedo a quedarse sin energía-, las creencias de la Jaula -pronto explicaré qué es la Jaula- y algunos desórdenes emocionales silencian la sensación instintiva del hambre y promueven la hiperfagia, comer de más. A su vez, comer de más provoca resistencia a la hormona leptina, secretada por nuestro tejido adiposo, la cual informa al organismo de nuestros niveles de grasa -energía-. Si el cuerpo no recibe su señal, cree que todavía necesitamos comer más. Ahí tenemos el inicio del círculo vicioso.

 

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2. Una dieta rica en hidratos de carbono

 

Es la dieta recomendada por las autoridades sanitarias de la Jaula, subvencionadas por las multinacionales del sector alimentario, por supuesto. Tanto en la mayoría de libros que estudian nuestros dietistas como en cualquier revista barata la proporción de macronutrientes aconsejada para llevar una dieta saludable suele ser 60% de hidratos de carbono, 25% de proteínas y 15% de lípidos. Sin embargo, debido básicamente al error de considerar los hidratos de carbono una fuente de energía más eficiente que la grasa, ese 60% de HC provoca el exceso de glucosa en sangre y la consecuente secreción de insulina -hiperinsulinismo-, lo cual abre las puertas de nuestros tejidos para acumular azúcar en forma de grasa y así engordarnos.

 

Claro está que la situación todavía se torna más grave cuando la mayoría de esos HC proceden de la ingesta de alimentos procesados, azúcares de fácil asimilación, harinas refinadas, pasta, pan blanco, etc., con una carga glucémica semejante o incluso mayor que la del azúcar de mesa. De todos modos, también promueven ese estado los HC procedentes de cereales de grano entero y legumbres.

 

Además no deja de ser llamativo que, al igual que han seguido haciendo el resto de animales omnívoros y carnívoros del planeta, durante más de dos millones de años el hombre basara apróximadamente sólo un 20% del total de su dieta en los HC, mientras que la energía que necesitaba para vivir procediera de las grasas, especialmente de las saturadas de alta calidad. De ese modo no sólo sobrevivió, sino que evitó durante todo ese tiempo enfermedades relacionadas con el exceso de glucosa en el organismo, como pueden ser la diabetes o la obesidad.

 

3. No nos movemos lo suficiente o nos movemos como no deberíamos (el ejercicio cardiovascular nos engorda)

 

Aquí todo el mundo está de acuerdo -a expensas de algún que otro matiz-. A pesar de que el cuerpo no es un horno de combustión calórico y que la vieja idea del balance energético -si comes más calorías de las que gastas, engordas- se ha demostrado absurda, sí es cierto que el sedentarismo promueve el sobrepeso y la obesidad. Es algo sencillo que todo el mundo parece comprender, así que no hay mucho más que añadir.

 

Sin embargo, hablando de matices, queda aclarar la segunda parte del enunciado: “Nos movemos como no deberíamos”. Uno de los recursos más utilizados por las personas que padecen sobrepeso es el llamado ejercicio cardiovascular -¿quemando calorías?-. Aunque de primeras el cardio suele responder con una bajada de peso -los primeros kilos son básicamente agua-, a la larga esa disminución de peso o bien se traduce en una pérdida de masa muscular -pero no de grasa- o bien en un efecto rebote -con la frustración y el riesgo emocional que conlleva-.

 

El ejercicio cardiovascular que solemos practicar -correr, nadar, spinning,…- es o bien demasiado intenso o bien demasiado duradero, lo que, combinado con los hábitos alimenticios que comentaba en los puntos 1 y 2 basados en la dependencia de los HC, todavía nos hace acumular más grasa -el tipo del típico corredor seco de brazos y piernas pero con su barriguita o cinturón graso- y comer de más -nos da más hambre-, acentuando el problema de llevar necesitar reponer frecuentemente la ineficiente energía de los HC. Tal vez deberíamos plantearnos disminuir el tiempo y sobre todo la intensidad del cardio y simplemente hacer lo que estamos preparados para hacer, es decir, caminar mucho y esprintar de vez en cuando.

 

4. El estrés

 

La ansiedad, la cual se origina en gran parte debido al estrés protagonista de nuestros días, dispara la secreción de cortisol en sangre y pone en marcha una respuesta de supervivencia conocida como fight or flight, lucha o huída, la cual modifica radicalmente nuestro metabolismo energético durante el episodio estresante -por ejemplo, el ataque de un depredador-.

 

Esta reacción tiene cierto sentido desde un punto de vista biológico cuando el estrés aparece de manera puntual y breve, como ocurre en la naturaleza. Sin embargo, la cronicidad de nuestro estrés -estamos estresados todo el día por mil y un motivos, incluso algunos de ellos irreales- provoca que secretemos mucho más cortisol de lo que debiéramos, lo que vacía nuestros depósitos energéticos sin que realmente se consuma dicha energía, almacenada posteriormente en forma de grasa, y activa nuestro apetito -si tenemos que luchar o huir necesitaremos más energía-. Nuestro estilo de vida representa algo así como luchar o huir todo el día, y como respuesta el estrés vuelve a activar el círculo vicioso de la hiperfagia del que hablábamos hace un momento, invitándonos a comer de más cuando en realidad no necesitamos dicha energía. En este sentido la gestión de las emociones es clave.

 

5. Déficit de descanso y sueño

 

Por si no tuviéramos poco con el estrés de nuestro día, nosotros lo alargamos quitándonos horas de sueño y descanso por la noche. A raíz de esta conducta modificamos todavía más la curva natural de secreción de cortisol, la cual suele disminuir una vez se pone el Sol, para volver a dispararse al amanecer. El estímulo de la luz artificial y el ruido de la vida moderna, a la vez que los horarios incoherentes con el ritmo circadiano, provocan serios desequilibrios en nuestro sueño y descanso, lo que se suma al resto de variables que anteriormente veíamos como factor de riesgo a padecer sobrepeso. Dormir poco y mal resulta en unas consecuencias desastrosas en la recuperación diaria de nuestro organismo y promueve todavía más el aumento del hambre irreal. El resto de la historia ya lo conocemos.

 

De la misma manera que las consecuencias de una vida incoherente con la naturaleza se muestran como enfermedades crónicas interdependientes -es poco probable encontrar un obeso que no padezca una cardiopatía, hipertensión, diabetes, depresión, artrosis, etc.-, las causas de este síntoma de una vida antinatural también dependen las unas de las otras. No podemos afirmar, excepto en casos extremos, que la causa del sobrepeso sea el estrés, o comer de más, o no moverse, o las emociones,… No es la causa, son las causas, por lo que es difícil encontrar a alguien que “falle” en sólo uno de los puntos comentados. Los unos te llevan a los otros, y los otros a los unos, y es el cúmulo de todos ellos lo que facilita que nos engordemos.

 

Colaboración:

http://escuchatucuerpo.xocs.es/